Por: Paco Paz, Psicólogo Humanista Gestalt, Coach & Trainer/ Desarrollo Humano – Profesional – Espiritual.
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Junio es un mes curioso en el calendario emocional mexicano. Por un lado, las calles se llenan de colores y se conmemora la diversidad sexual y de género; por otro, celebramos a los padres. Dos fechas que, a primera vista, parecen no tener relación. Y sin embargo, en mi consultorio, junio es el mes en que estas dos historias suelen encontrarse de la manera más íntima y, a veces, más dolorosa. Porque detrás de cada bandera hay una historia familiar. Y detrás de muchos padres, hay una conversación que durante años no supieron cómo tener.
𝗘𝗹 𝗽𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲 𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗼.
La psicología humanista nos enseñó algo que a veces olvidamos: las personas no se desarrollan plenamente desde la exigencia, sino desde la aceptación. Carl Rogers lo llamó “consideración positiva incondicional”, y aunque suene técnico, describe algo que cualquier hijo entiende sin necesidad de teoría: la diferencia entre sentirse amado por lo que uno es y sentirse amado a condición de ser otro.
Muchos padres de hijos LGBT+ enfrentan, sin haberlo elegido, una pregunta que pone a prueba el amor en su forma más madura: ¿soy capaz de amar a mi hijo o hija tal como es, no como yo lo había imaginado? Esa pregunta no es menor. Implica un duelo silencioso: el de la idea que uno se hizo del hijo antes de conocerlo realmente. Y todo duelo, como sabemos, requiere tiempo, acompañamiento y la valentía de no huir de lo que se siente.
𝗘𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗮𝘂𝘁é𝗻𝘁𝗶𝗰𝗼.
Desde la terapia Gestalt, hablamos del contacto como ese momento en que dos personas se encuentran sin máscaras, sin guiones, sin proyecciones. Es un encuentro raro y precioso. Y es, también, el lugar donde se construyen los vínculos que verdaderamente sostienen. Cuando un padre logra ese contacto con un hijo o hija que ha tenido el coraje de mostrarse, ocurre algo profundo: ambos crecen. El hijo, porque deja de cargar el peso invisible de no ser visto. El padre, porque descubre que su amor era más grande de lo que sus prejuicios le habían permitido imaginar.
He visto a hombres llorar en mi consultorio no por lo que su hijo es, sino por los años que tardaron en darse cuenta de que nunca había nada que perdonar. Esas lágrimas, lejos de ser debilidad, son signo de algo que pocas veces nombramos: la masculinidad madura, esa que tiene la fuerza de revisar sus propias creencias. Lo que se hereda y lo que se construye.
𝗟𝗼𝘀 𝗽𝗮𝗱𝗿𝗲𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗿 𝗲𝗹 𝗺𝘂𝗻𝗱𝗼.
Algunas nos sirven; otras nos estorban. Una de las tareas más profundas de la paternidad —y quizás la más espiritual, en el sentido más amplio del término— es distinguir entre lo que queremos transmitir y lo que simplemente repetimos por inercia.
Ken Wilber habla de la evolución de la conciencia como un proceso que no niega lo anterior, sino que lo integra y lo trasciende. Aplicado a la paternidad, esto significa algo concreto: no se trata de renegar de lo que nos enseñaron, sino de preguntarnos si esas enseñanzas siguen sirviendo al ser humano que tenemos enfrente. Porque ese ser humano, aunque lleve nuestra sangre, no es nuestra extensión: es alguien con su propio camino, su propia verdad, su propia manera de habitar el mundo.
𝗨𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗶𝘁𝗮𝗰𝗶ó𝗻, 𝗻𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗹𝘂𝘀𝗶ó𝗻.
No escribo esto para dar respuestas, sino para abrir una pregunta que muchos padres mexicanos cargan en silencio. Si en este junio reconoces algo de ti en estas líneas —si tienes un hijo, una hija, un sobrino, un nieto cuya identidad te ha costado entender—, quizás la invitación sea simple, aunque no fácil: antes de opinar, escucha. Antes de corregir, mira. Antes de defender una idea, recuerda que tienes enfrente a alguien que esperó mucho tiempo para que lo conocieras de verdad.
El amor paterno no se mide por la rapidez con que comprendemos, sino por la honestidad con que estamos dispuestos a aprender. Y ese aprendizaje, cuando ocurre, transforma dos vidas: la del hijo que por fin se siente visto, y la del padre que descubre que ser papá, en el sentido más pleno de la palabra, también es saber cambiar.
Junio, después de todo, podría ser eso: el mes en que celebramos a los padres que tuvieron la grandeza de mirar a sus hijos sin filtros. Y a los hijos que, con paciencia, les enseñaron a hacerlo.
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