P. Juan Antonio Torres, L.C. 

En todo ámbito educativo, dígase familia o institución académica, la mira de los formadores debe estar siempre puesta en la transmisión de aquellos valores que hacen mejores a las personas.

La transmisión de estos valores debe respetar las dinámicas propias del aprendizaje humano que va más allá de la asimilación de conocimientos teóricos.

La dinámica de la educación en los valores implica todas las esferas de la persona: mente, cuerpo, voluntad, corazón y formación de hábitos. Se podría resumir este proceso en siete hitos que trataremos de desglosar a continuación de forma muy resumida.

1. Declaración de principios y valores.

Es importante que los papás o educadores, al momento de emprender la labor de educación, tengan lo más claro posible qué valores quieren transmitir a sus hijos.

Es imprescindible que haya un acuerdo consensuado acerca de que valores se desean comunicar de manera que lleguen a ser parte de la vida y comportamiento de los hijos. Si hay  disparidad y visiones distintas, los resultados no serán los deseados. Los desacuerdos en este ámbito pueden provocar la sensación de inseguridad y de conflicto en los hijos.

Por lo mismo, conviene que los papás o educadores pongan con claridad unos pocos valores (3, 4 o 5) como prioritarios, con el fin de unificar las decisiones y la formación que se dará a los hijos.

2. La disciplina y adiestramiento (corrección-rectificación).

Los niños deben adquirir comportamientos que no siempre le surgen de modo espontáneo; requiere el control de sus impulsos primarios y un adiestramiento que le lleve a adquirir nuevos comportamientos.

Siempre, en todas las familias, se requiere mucha paciencia para corregir la conducta impulsiva de los hijos y sustituirla por otra que responda a los valores que se han adoptado. “No subas los codos a la mesa”, “no comas con la boca abierta…” todas estas instrucciones son sumamente desgastantes pero insustituibles en todo proceso educativo.

3. Los modelos y mentores (guías cercanos).

En el 80% los niños imitan el comportamiento de los papás. Los estudios sobre adicciones señalan que, si el papá es alcohólico, hay 80% de probabilidad que el hijo lo sea también. Y lo mismo se podría decir de cualquier tipo de comportamiento.

Alguien dijo que “enseñamos lo que sabemos, pero contagiamos lo que vivimos”.

De ahí que la presencia constante y la cercanía sean insustituibles para la forja de los comportamientos. La presencia física no se suple con nada. Todos los niños necesitan modelos tangibles. Más que un buen colegio, un buen club o buenos programas de televisión, la mejor inversión que se puede hacer para la educación de los hijos es el tiempo, el tiempo que los papás están con ellos.

La principal responsabilidad de los padres es la educación de sus hijos. Pero, aunque todos coincidimos con este principio, en la práctica muchos papás dedican más tiempo y atención a otras cosas. No están realmente presentes, cercanos, evaluando su formación.

El mero hecho que el papá esté en casa, ya comunica mucho al hijo, posiblemente de modo silencioso e inconsciente; le comunica la sensación de seguridad, de protección, de cercanía. Además, el hecho de verlo y observar cómo actúa, ya le inspira cómo deberá comportarse en la edad adulta.

4. Las premiaciones y la competencia (estímulos).

Desde siempre, las premiaciones y la competencia han sido parte importante en la labor educativa. Son instrumentos efectivos para descubrir el potencial que se esconde bajo las apariencias, o para desarrollar los talentos que están en germen.

Pero no hay que premiar todo. Lo que es ordinario o fácil no merece un premio. Si eso se llegara a recompensar, realmente se está deseducando al muchacho; se debe premiar sólo aquello que exige un esfuerzo extra de su parte.

La competencia igualmente constituye un instrumento estimulador del talento, pero es un arma de doble filo que requiere destreza por parte del educador. Fácilmente puede provocar riñas, revanchas, etc., que es preciso evitar.

Ante todo, hay que dejar claro que la competencia es individual, es decir, el niño está compitiendo consigo mismo. La sana rivalidad nos ayuda a explotar nuestros talentos, pero también puede provocar incomprensiones.

Puede resultar contraproducente en ciertos casos comparar un hermano con otro; en una competencia hay que saber perder; saber aceptar que el otro tiene talentos que yo no tengo y viceversa.

Tampoco hay que acostumbrar al hijo a siempre ganar o siempre perder, porque se abandonan en el letargo de la soberbia o de la impotencia. Hay que buscarle, en la medida de lo posible, competidores mejores que él que le estimulen a mejorar.

5. Interiorización y reflexión (maduración-razonamiento).

El niño siempre necesita las razones que justifican el comportamiento que le es impuesto: “no toques porque lo vas a romper…”; “no robes porque es deshonesto”. Cuando el joven ha llegado a captar las razones de un cierto tipo de comportamiento y lo ha hecho suyo, podemos decir que ha llegado a su madurez. La disciplina ya no será exterior, sino interior. Actuará por convicción y no por influencia del ambiente o de los regaños de los papás. “Yo no quiero robar, yo no quiero emborracharme…”

6. La constancia e integridad (hábitos).

La educación en valores requiere mucha, muchísima paciencia. Dicen que un comportamiento repetido 30 días seguidos se convierte en hábito, es decir, llega a hacerse algo natural.

Cualquier jugador profesional necesita repetir y ensayar hasta la saciedad unos movimientos específicos, hasta que le salgan naturales. Lo mismo ocurre con los hijos. Hay que ser constantes y no desanimarse. Los papás tienen que ser constantes y coherentes en la exigencia; lo que un día dije “no”, debe mantenerse invariablemente.

Es necesario repetir los valores continuamente y de diversas formas: que tienen que ser honestos, justos, trabajadores, respetuosos, responsables. Nunca es suficiente.

7. La inercia de la costumbre.

Finalmente, cuando ya se ha hecho el proceso con uno de los hijos, el bebé que le sigue aprenderá más fácilmente, casi por ósmosis, los comportamientos que ve en sus hermanos mayores.

Es así como se forma una cultura o ambiente familiar. Lo que los niños ven en sus papás, tíos, abuelos, primos, les será más fácil incorporarlo al propio comportamiento.

De ahí la importancia de la convivencia familiar frecuente.

P. Juan Antonio Torres, L.C.