
P. Juan Antonio Torres, L.C.
Una de las cualidades fundamentales que deben formar parte de la personalidad de nuestros hijos es la ilusión por los grandes ideales. Cuando leemos la vida de los grandes héroes y benefactores de la sociedad, constatamos que desde pequeños cultivaron grandes ilusiones. Precisamente una de las principales tareas de los papás es la de cultivar en el corazón de sus hijos, como en un huerto, los valores que serán la semilla de los sueños del mañana.
Ideales elevados
Los ideales son el conjunto de razones fundamentales que dan sentido a la existencia de una persona; son ellos los que inspiran la ilusión y ganas de luchar, los que justifican el esfuerzo. De los ideales nacen los propósitos amplios, fundamentales, duraderos en la vida, más allá del puro provecho personal.
Los ideales y propósitos en la vida nacen de un conjunto de valores. Los valores son su caldo de cultivo.
Hay jóvenes que han perdido la esperanza; envejecen prematuramente porque han perdido los ideales; se dice que la senilidad comienza cuando mueren las ilusiones. Hay jóvenes viejos prematuramente porque no tienen ideales, no tienen un futuro que los apasione. En la base de este problema, cada vez más común lamentablemente, se encuentra la carencia de una educación en los valores.
Por desgracia, el joven está dejando de creer debido a los tiempos de incertidumbre que vivimos. La juventud es la etapa de los ideales, de la fe, de la amistad, de los amores primeros; el joven y el adolescente, por naturaleza, creen y confían, se lanzan a la aventura. Pero ahora un mundo cada vez más incierto les está quitando la ilusión de vivir. ¿Con qué se quedan entonces?
Es sumamente importante sembrar en los muchachos grandes ideales, proyectos ambiciosos, la visión de un futuro mejor, la fe en un Dios de amor, en unas prácticas religiosas que les den un sentido de vivir. Ahora bien, deben ser ideales alcanzables. Es verdad que, de acuerdo con algunos estudios, hasta los 7 años aproximadamente, el niño no distingue entre realidad y ficción; vive en una atmósfera de fantasía; todavía no ha desarrollado plenamente su capacidad de abstracción; el contacto con la realidad se hará paulatinamente. Se trata de una etapa maravillosa marcada por la magia y la sorpresa. Los papás hacen bien en alentar esa atmósfera mágica porque se trata de un periodo particularmente feliz de la infancia y porque desarrolla el cerebro y el corazón de nuestros hijos.
Sin embargo, esa etapa tiene su límite. tampoco es sano que siga soñando con fantasías en la adolescencia y juventud. Es preciso ayudarle a “aterrizar” sus sueños.
Sugerencias de acción
Resulta extraordinariamente enriquecedor que los niños, desde que aprenden a leer, se aficionen por las lecturas de historias. Las historias infantiles, de héroes, de aventuras, de conquistas… son los más eficaces transmisores de valores.
Hay una infinidad de autores recomendables: Homero, Julio Verne, Charles Dickens, Emilio Salgari, Rudyard Kipling, Robert Louis Stevenson, John Tolkien, Mark Twain, etc. Todos ellos presentan a los héroes como encarnación de unos valores e inspiran en los niños el sueño de imitarlos. Y no digamos las lecturas de vidas de santos. Si un niño se aficiona a este tipo de lecturas, la esponja de su alma irá asimilando los ideales más puros y elevados que inspirarán también el deseo de hacer algo grande por los más necesitados, por salvar a los desahuciados, por luchar por un mundo mejor.
Y obviamente, lo más importante es dar a los niños testimonios vivos: los papás deben ser los primeros en encarnar y hacer visibles los valores. Resulta sumamente inspirador hablarles de los valores familiares mediante historias reales y hechos concretos. Por ejemplo, “tu abuelo arriesgó su vida salvando a una persona que iban a atropellar…”
Hay que tener cuidado de enseñarles a no tener el dinero como el valor fundamental en la vida, sino a las personas, el matrimonio, los hijos, los necesitados. Para que el niño vaya aterrizando sus sueños de fantasía, es necesario hacerle ver las implicaciones de dichos sueños. Por ejemplo, si quiere aprender guitarra, hablarle con claridad sobre los costos, el tiempo, las dificultades, etc., y que, en caso de inscribirse a una academia, deberá ser responsable de su compromiso. Los papás deberán aceptar también que, si se llega a constatar que el niño no tiene esa habilidad, no hay que forzarlo.
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