Por: José María Enríquez. Psicólogo infantil
Psicoterapia para niños y adolescentes.
En los últimos años, el término “autismo” ha ganado mayor visibilidad en nuestra sociedad; sin embargo, aún existen dudas, mitos y confusiones en torno a lo que realmente significa. El autismo, o Trastorno del Espectro Autista (TEA), es una condición del neurodesarrollo, esto quiere decir que forma parte de la manera en que el cerebro de una persona se desarrolla y funciona desde etapas muy tempranas de la vida. No es una enfermedad, por lo tanto, no tiene “cura”, sino que es una forma distinta de percibir, procesar e interactuar con el mundo.
Se habla de “espectro” porque el autismo se manifiesta de maneras muy diversas. Cada persona con autismo es única: algunas pueden comunicarse con fluidez, otras pueden tener dificultades importantes en el lenguaje verbal; algunas disfrutan de la interacción social, pero les cuesta comprender ciertas normas implícitas, mientras que otras prefieren estar más tiempo solas o con interacciones más estructuradas.
Entre las características más comunes del autismo se encuentran dificultades en la comunicación social (como interpretar gestos, expresiones faciales o tonos de voz), patrones de comportamiento repetitivos y un fuerte interés por temas específicos. También es frecuente que exista una sensibilidad sensorial distinta, hacia ciertos sonidos, luces o texturas, lo cual puede resultar abrumador o, por el contrario, muy atractivo para ellos.
Es importante destacar que el autismo no define a la persona. Un niño con TEA tiene intereses, emociones, talentos y una personalidad propia, como cualquier otro. De hecho, muchas personas dentro del espectro destacan por habilidades particulares, como la memoria, la atención al detalle o el pensamiento lógico.
Uno de los mayores retos no es el autismo en sí, sino la falta de comprensión social. Cuando el entorno es rígido o poco informado, las personas con TEA pueden enfrentar barreras importantes. En cambio, cuando existe inclusión, empatía y apoyo adecuado, pueden desarrollarse plenamente y participar activamente en sus contextos inmediatos.
Más allá de campañas o fechas específicas, la concientización sobre el autismo debe integrarse en la vida cotidiana. No se trata solo de “incluir” a los niños con autismo en nuestros espacios, sino de transformar esos espacios para que realmente les pertenezcan.
Hablar de autismo es, en el fondo, hablar de cómo queremos convivir: desde la diferencia como obstáculo, o desde la diferencia como una oportunidad, para avanzar todos juntos.
“𝗖𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗲𝗱𝗮𝗱, 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝘀𝗮𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗶𝗻𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗿𝗻𝗼𝘀 𝘆 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿 𝗮𝘁𝗿á𝘀 𝗽𝗿𝗲𝗷𝘂𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀. 𝗖𝗼𝗺𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝗮𝘂𝘁𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗯𝗲𝗻𝗲𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗻 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗰𝘁𝗿𝗼, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼𝘀 𝗲𝗻𝗿𝗶𝗾𝘂𝗲𝗰𝗲 𝗮 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀, 𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗿𝗱𝗮𝗿𝗻𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗲𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗹𝗼 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼”.
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