Por: Dr. Paco Paz, Psicólogo Humanista Gestalt, Coach & Trainer / Desarrollo Humano – Profesional – Espiritual. 

En el corazón de México late una verdad profunda y colorida sobre la muerte: no es un final, sino una transición. No es la desaparición, sino la transformación. Nuestro duelo, tan arraigado en la fe católica y en rituales ancestrales, es un testimonio de un amor que desafía incluso a la finitud. Pero, ¿cómo navegamos este viaje del alma desde la cotidianidad de nuestro ser? La respuesta podría residir en una sabia integración de nuestra herencia espiritual y la mirada humana de la psicoterapia Gestalt, invitándonos a vivir el aquí y el ahora con la esperanza por bandera.

La Muerte no es el Adiós, es un “Hasta Pronto” con Sabor a Copal y Cempasúchil. 

El catolicismo en México se tiñe de un matiz único. No hablamos de una despedida lúgubre, sino de una celebración de la vida que fue y de la eternidad que comienza. El Día de Muertos no es macabro; es una fiesta donde la fe construye un puente entre dos mundos. Creemos en la Resurrección, sí, pero también en la visita anual de las almas, en el olor a la flor de cempasúchil guiándoles a casa, en el pan de muerto compartido y en la copa de tequila puesta en la ofrenda.

Esta visión es un acto de esperanza radical. No es una negación del dolor, sino su trascendencia. La fe nos dice que nuestros seres queridos viven en Dios, que están en paz y que un día nos reencontraremos. Este “hasta pronto” no elimina la herida de la ausencia, pero le da un contexto de sentido infinito. El dolor, entonces, no es un callejón sin salida, sino un pasillo que conduce a una puerta entreabierta hacia lo eterno.

El Duelo en el Aquí y el Ahora: La Sabiduría de la Gestalt.

Mientras nuestra fe cuida del “allá” de nuestros difuntos, la psicoterapia Gestalt se ocupa de nuestro “aquí”. Su premisa central es poderosa: la vida solo sucede en el presente. El pasado son recuerdos y el futuro, anticipaciones, pero solo tenemos el ahora para sentir, sanar y vivir.

¿Qué pasa cuando aplicamos esto al duelo?

1. Honrar el “Darse Cuenta” (Awareness): La psicoterapia Gestalt nos invita a sentir la pena sin juzgarla. En lugar de decir “debo ser fuerte” o “ya debería superarlo”, nos permite sentarnos con nuestra tristeza, nuestra rabia o nuestra culpa, y simplemente tomar conciencia de ellas. Es como encender una veladora para nuestra propia sombra. Permitirnos llorar frente al altar, recordar con una sonrisa, o sentir el nudo en la garganta es sanador. Es la versión psicológica de “darle su lugar” al dolor, tal como le damos su lugar en la ofrenda.

2. Completar los Asuntos Pendientes: A veces, el duelo se estanca por palabras no dichas, por perdones no otorgados o por amores no expresados. La psicoterapia Gestalt impulsa a cerrar estos asuntos inconclusos en el presente. Podemos escribir una carta a quien partió, hablar con su fotografía o simplemente, en la quietud de la oración, expresar lo que quedó en el tintero. No se trata de cambiar el pasado, sino de liberar la energía emocional que nos ata a él, para poder vivir plenamente nuestro hoy.

3. La Trascendencia como “Tú” y “Yo”: Martin Buber, una influencia en la Gestalt, hablaba de la relación “Yo-Tú”, un encuentro auténtico y profundo. La muerte transforma la relación física en una relación de esencia y memoria. Nuestros muertos siguen siendo un “Tú” con quien nos relacionamos, aunque sea en la oración, en el recuerdo o en la sensación de su presencia. Vivir el presente no es olvidarles; es integrarles en nuestra historia actual, permitiendo que su amor y sus enseñanzas sigan nutriéndonos.

La Síntesis: Fe que Abraza el Dolor, Presente que Abraza la Esperanza

La belleza de integrar ambos enfoques es que se complementan a la perfección.

La fe católica mexicana nos da el “por qué”: Trascendemos porque el Amor es más fuerte que la muerte. Nuestro ser querido está en las manos de Dios. La Psicoterapia Gestalt nos da el “cómo”: Viviendo plenamente este presente, honrando nuestras emociones y completando nuestro duelo día a día.

El resultado no es “superar” la muerte, sino aprender a bailar con la ausencia. Es entender que, como dice el poeta, “la vida es prestada” y que la certeza de la eternidad no es un pretexto para postergar la vida, sino el motor para vivirla con más intensidad, gratitud y amor.

Lo que nos queda, en este viaje entre dos mundos, es el sagrado deber de vivir. Vivir con la herida que prueba que amamos, con la fe que ilumina la oscuridad y con la valentía de sabernos, hoy y siempre, conectados en un presente eterno donde el amor nunca, nunca muere.

Porque recordarlos no es traerlos del pasado, es invitarlos a nuestro presente, para que sigan siendo, en nosotros, vida que florece.

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