Escrito por: Tere Díaz Sendra, Psicoterapeuta

Existen dudas entre cuál es la mejor forma para educar a nuestros hijos.  Nos debatimos entre si es correcto darles más de lo que esté en nuestro alcance al grado de consentirlos; “para que no les falte nada”  o si ser demasiado disciplinados con ellos para no criar humanos “mal educados que den las cosas buenas de la vida por sentadas”.

Demasiado amor

Uno de los planteamientos más cuestionados en la sociedad actual es la idea de que el amor dado en abundancia es innecesario. Exagerar en nuestra generosidad como padres ha originado niños ingobernables a los que se les considera portadores de problemas emocionales. Después de hacer estudios de este tipo de crianza, se ha llegado a la conclusión de que el problema real es que nunca se les pusieron límites claros y consistentes.

Demasiada disciplina

Se refiere a la imposición incuestionable y al sometimiento de los hijos. Se caracteriza por constantes regaños, limitaciones y hasta insultos que para nada están justificados. Esta conducta más que amor duro, está relacionada con la violencia y deja en los niños grandes huellas de dolor.

Es aquí, cuando como padres hay que cuestionarnos ¿cuándo es demasiado? ambos extremos  dejan secuelas en las vidas de los jóvenes victimarios.

¿Qué necesitan nuestros hijos e hijas?

El niño necesita de un adulto capaz de encausar su desarrollo con base a ciertos lineamientos que le faciliten la transición de la disciplina externa a la autodisciplina. En efecto, los hijos y los padres son iguales en dignidad, pero diferentes en cuanto a su habilidad, fuerza, experiencia y responsabilidad. La igualdad en dignidad no significa que puedan hacer las mismas funciones.

Los niños crecen y se desarrollan mejor en un ambiente de genuino amor, apoyado y sostenido por una razonable, sana y consistente disciplina. El “amor” solo no es suficiente, la disciplina bien aplicada da buenos resultados y posibilita un tierno y mutuo afecto entre padres e hijos.

No existe contradicción entre amor y disciplina, de hecho una disciplina sana y consistente es una clara demostración del verdadero amor. Sin embargo, lograr este equilibrio no es sencillo, hay un precio que se tiene que pagar, y es el valor, la consistencia, la diligencia, el esfuerzo y el estudio.

La educación es un proceso que no termina nunca 

Josefina Aldecoa